5 Esto dice el Señor: "Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. 6 Será como un cardo en la estepa, que nunca disfrutará de la lluvia. Vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable.
7 Bendito el hombre que confía en el Señor y en Él pone su esperanza. 8 Será como un árbol plantado junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces; cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos".
En medio de su profecía, Jeremías comparaba las personas buenas y malas con una analogía del mundo vegetal. La persona mala era como la planta del desierto que no conocía ninguna estación, que sólo sabía de condiciones duras. [5-6] ¿Por qué era esta persona condenada a una aridez inmutable? Observa en quién confiaba la persona, en sus amigos o en su propio yo ("carne" de v. 5). Esta persona quien dependía de su apariencia, inteligencia o personalidad para persuadir; utilizaba la riqueza o las amistades para promover su posición. La persona que depende sólo de sí mismo y sus amigos no ve la imagen mayor y no conoce la grandeza de Dios. A causa de su ciego egoísmo, la persona mala no crece emocionalmente o espiritualmente; nunca sabría lo que es alegría.
La persona buena creció porque tenía confianza en Dios. La confianza de una buena persona va más allá de la apariencia o la inteligencia o la personalidad o amigos. Cuando esas cualidades fallan (el "calor" y la "sequía" del verso 6), una vida espiritual mantiene a la buena persona enriquecida y productiva. La buena persona sería espiritualmente madura y tendría alegría.
"Todos los activos son pasivos; todos los pasivos son activos". Nuestros talentos pueden ser nuestras cargas; nuestras cargas pueden transformarse en talentos. Para ver esta paradoja se requiere fe, firme confianza en Dios.