14 “Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá, 15 En aquellos días y en aquella hora, yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra. 16 Entonces Judá estará a salvo, Jerusalén estará segura y la llamarán el Señor es nuestra justicia’“.
Jeremías, un profeta de la disidencia sacerdotal, vivió durante el reinado de los tres reyes de Judea: Josías (627-609 a.C), Joaquim (608-598 a.C.), Sedequías (597-587 a.C.). Mientras maduraba, Jeremías se levantaba contra la intriga política en Jerusalén y las alianzas reales con Egipto contra Babilonia. El fue lo suficiente políticamente influyente para escapar de una sentencia Real de muerte por sus críticas públicas. Por lo tanto, fue encarcelado.
En la cárcel, Jeremías escribió estos versos de esperanza. Sí, el Reino caería. Jerusalén quedaría desolada. Pero estos eventos no podrían detener el plan de Dios para restaurar la nación y la línea real. De hecho, el rey justo sería la fuente de resurgimiento nacional.
Fiel a su visión, Jeremías presenció la destrucción de Jerusalén y el exilio de Babilonia en el 586 a. C. Sin embargo, Jeremías no viviría para ver el pueblo de Dios volver a su patria. No obstante, sus palabras dieron esperanza al pueblo. Dios restablecería la línea real, el rey podría gobernar justamente, y la nación podría ser renovada. Esto, sin embargo, ocurriría en el tiempo de Dios y según los designios de Dios.
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