Primera Lectura: Isaías 50:5-9
La Fortaleza de un Verdadero Profeta
En aquel entonces, dijo Isaías: "El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.
Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?".
El profeta se quejaba de Dios y el pueblo por su papel. Mientras Isaías proclamaba juicio sobre la gente por su fantasía religiosa, testarudez, y vida moral corrupta, el gritaba con un corazón cansado. El había predicado tan duro y por tanto tiempo. Pero hasta que fin?
Pero Isaías no se daría por vencido. El resistiría y haría que su voz fuese oída, sin importar el costo, sin importar de qué manera otros lo trataran. La profecía era un llamado de Dios, no una competencia popular.
El llamado de Dios resistiría permanentemente el rechazo de la gente y la provocación de la enojada chusma. Las palabras del profeta de Dios durarían porque ellas verdaderamente venían de Dios. El espíritu del profeta sobreviviría por largo tiempo porque el Espíritu venía de Dios.
Cómo has actuado como profeta? Cuáles palabras o actos han sobrevivido el momento y han tenido un impacto duradero en ti mismo y en otros? Fueron esas palabras o actos de Dios?